Lana Del Rey

Bang-bang, kiss-kiss: así es como se desaparece. Lana Del Rey es un fantasma que se pasea, hoy con la ropa de Sylvia Plath, mañana quién sabe, 24/7 por la ruina del celuloide, en un mundo creado a la perfección, meticulosamente, para nuestro divertimento. Autos, playas, una luz dorada, diáfana, de cuadro de (quién más) Norman Rockwell. Toda la fantasía del Sueño Americano hecha cuerpo: las fotos de Slim Aarons, la decadencia y el poder; los tempranos años 60, la edad de la inocencia; mujeres al borde de la piscina, fiestas, galas, poetas alcohólicos y asesinos seriales, simetría y colores pasteles. Los buenos y los malos, mujeres y hombres “de verdad”, cherry pie y la cup of Joe que da vida al bueno de Dougie en Twin Peaks: The Return. Es el tiempo en loop: una poética de la nostalgia para un mundo estático, fuera de la Historia. Y en la voz hay un tono de mujer de otra época, incluso cuando abre el disco: “Goddamn, man-child / You fucked me so good that I almost said I love you“. El hombre en su paraíso: el amante despeocupado, sin obligaciones, el niño que hace lo prohibido. Y por eso lo que extraño no me pertence, porque eso que hacemos es ya la pose, la mera imitación de la vida (como la película de Douglas Sirk) y “Life on Mars?” no es sólo una canción: me hacés sentir viva, algo que nunca supe. Como una letanía vuelve entonces el estribillo de “Crimson and Clover” y todo se pierde un instante en sonidos sintéticos y la voz que se funde en solos de guitarra y percusión. Algo se abre ahí: es la mirada que nos devuelven las cosas cuando se rompen. Lana Del Rey susurra “I’m your man” y la cita delata la textura misma de la canción: collage de voces, riñas de Twitter, titulares del diario, canciones de otros, películas, discos, personas. Es la vida vista en neón, un mundo que se cierra sobre sí mismo, que se dobla de referencias sobre su eje, autosuficiente, y, a la vez, saturado de los restos de la cultura: “We’re American-made”. Canela en la boca, Cherry Coke, ella anda desparramando su amor y cuando vuelve no queda nada para mí. Una saudade con nombres y lugares, un desmoronamiento que se adivina debajo: todo lo que pudo ser, el imperio de una fantasía extática, solitaria, el mito personal de un país como destino individual, un sol (antes me inyectaba neón) frío. Es la insistencia del sueño que se sueña (“We are like the dreamer who dreams and lives inside the dream”) y las revistas de páginas satinadas y las pastillas, siempre, esos son los verdaderos colores. Lo que queda del Sueño después del sueño: el gusto, el tacto, la forma en la que nos reímos, pero siempre como lo perdido. Como esa vuelta a lo mismo, ese “amurarse contra lo social” del que habla Mark Fisher, esa soledad del consumismo feliz y autosuficiente: si volvés llamame, pero te vas como el viento (no depende de vos). Y si, como enseña Alice, hay que correr muy rápido para permanecer en el mismo lugar, la música pasa lenta, como una balada de sueños, pero sin moverse, como esas motos en la ruta, lanzadas al infinito de desiertos y encuentros con lo trascendente, en el despojo del capital. Al final, lo de siempre: para qué la esperanza, si toda vida es ya póstuma (“Hello, it’s the most famous woman you know on the iPad / Calling from beyond the grave”).

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